El socialismo se instauró como la fuerza política amiga del proletariado, aquel estrato social que mediante la reivindicación y la lucha pacífica tenía como fin constituir un modelo en el que reinara una justicia económica. Sin embargo, parte de ese concepto del ideal socialista quedó anclado a mediados del siglo XX. Según Bernard Russell en su libro Elogio a la Ociosidad la definición de este modelo debe comprender dos partes: la económica y la política. “La parte económica consiste en la propiedad estatal del poder económico fundamental, que abarca, como mínimo, la tierra y los minerales, el capital, la banca, el crédito y el comercio exterior. La parte política requiere que el poder político fundamental sea democrático”.
Es cierto que buena parte de esta definición se ha corrompido, en determinadas ocasiones a lo largo de la historia. En su parte política y remontándonos a los tiempos de la antigua URSS fueron los bolcheviques los que se dispusieron a controlar todos los territorios bajo dominio soviético, haciendo caso omiso de la aceptación del pueblo a instaurar un gobierno socialista. Cito a Russell: “Del mismo modo que no puede admitirse como modelo a imitar el régimen de Leopoldo II en el Congo. La democracia debe ser instaurada como una parte de definición del régimen socialista”.
El socialismo español queda lejos de convertirse en un modelo completamente real, pues las bases que lo componen han olvidado la equidad entre las diferentes capas o clases que conforman el conglomerado de la sociedad. No es lógico que un gobierno haya dejado escapar a su control la transacción de dinero por parte de una empresa financiera, denominada banco, a otras empresas interesadas en obtener parte del control económico de un país, con el fin de acrecentar su poder financiero y además político. Continuo citando a Russell “El poder económico sobre otros seres humanos no debe pertenecer a individuos determinados o a conglomerados empresariales”.
Podríamos continuar con el aspecto económico aludiendo a la inestabilidad laboral que reina en el Estado español. La sociedad está continuamente sujeta a los vaivenes de las empresas, muchas de ellas de carácter internacional, que lejos de quebrar y arruinarse completamente, han decidido desprenderse de buena parte de su plantilla para fabricar su producción en aquellos países donde la mano de obra es más barata. El miedo se ha apoderado del proletariado, personas que sacrificaron sus vidas en favor de su trabajo con el fin de que sus hijos pudieran llegar a obtener una titulación universitaria y consagrarse como personas exitosas dentro del mundo capitalista en el que estamos inmersos.
Un miedo permitido que ha dado lugar a que en este país ya no haya periodistas, los quiosqueros dejaron de vender periódicos; tampoco abogados, las personas no tenían dinero para permitirse gastos que no supusiesen una necesidad primaria; tampoco economistas, los empresarios no tenían margen para la inversión en empresas nacionales, se las llevaron a otros países. El evangelio de todas las clases quedó reducido a dos elementos: el poder y el dinero. Sin embargo y haciendo caso de las previsiones, mucho peor es lo que nos aguarda a partir del próximo veinte de noviembre.
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