A menudo suelo levantar la mirada del suelo mientras paseo por las calles céntricas de la moderna Madrid. Llama notoriamente la atención la diversidad social, cultural e, incluso me permitiría decir ideológica, de los vía andantes que transcurren a media tarde por el ancho de la calzada de la actual centenaria Gran Vía.
Con cierta frecuencia podía observar ejecutivos de figura remilgada adornados con trajes de seda negros como color predominante. Acompañados, muchos de ellos, de una tez fina, mezclada con un matiz pálido y, escondidos bajo unas gafas de sol, que, quizás tenían como fin ocultar el rostro serio y perdido; pero a su vez justificado por la actividad empresarial ejercida de los sujetos en cuestión. Y, es que su presencia, en la actualidad les otorga de un papel principal, de protagonistas digamos. La crisis financiera, de la cual, tanto se empeñan en alardear y procurar que se sitúe entre las noticias principales de los medios de comunicación; de momento a conseguido que los banqueros se enriquezcan, que determinados empresarios se jubilen mediante contratos multimillonarios y, en el polo opuesto, más de cuatro millones y medio de personas buscan empleo gracias a las órdenes dictadas por los mercados y las agencias de calificación, las cuales ven sus intereses representados en las políticas económicas de los gobiernos progresistas.
Un escalón por debajo, sin arrebatar en su totalidad el merecido protagonismo de los empresarios, solía encontrarme con gente de a pié: periodistas con una determinada ética y rigor profesional, otros sin ella; jóvenes estudiantes con un alto grado de "titulitis" interesados más en actividades diversivas que en su enriquecimiento personal, otros en cambio dotados de los valores propios difundidos por las instituciones académicas; médicos prepotentes, médicos dogmáticos; políticos con agallas, políticos cobardes; funcionarios preocupados por la reducción del 5% en su sueldo, otros desinteresados; jubilados conformes, jubilados nostálgicos recordando tiempos mejores.
Me daba cuenta de la diversidad social existente, pero al fin y al cabo pude darme cuenta de que se encontraba unida por unos principios y valores comunes a todo el mundo. Eran aquellos que han sido recreados en nosotros mismos gracias a la falta de alicientes e incentivos que nos ofrece esta sociedad capitalista, de la que muy pocos han podido diferenciarse y despuntar.
Caía la tarde. Fin de la función, se aproximaba el fin de mi paseo. Una cafetería que dobla la esquina mi próximo paradero: -Marchando un café con leche-.
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